07/03/2010
The gift: La ruleta rusa del sida
Las fiestas en las que hombres tienen sexo sin condón en busca del VIH ganan, cada vez, más adeptos y el documental de Louise Hogarth expone la situación sin tapujos
La excitación comienza antes de traspasar la puerta, mucho antes de contemplar los cuerpos desnudos y entablar contacto físico. Desde el momento en que a través de Internet se fija un día y un lugar, los nervios están a flor de piel.
Los convocados imaginan una y otra vez cómo se desarrollará la particular orgía a la que van a asistir, quién será quién en la ruleta rusa sexual.
Una peculiar reunión en la que uno de los participantes tiene un arma que excita al resto. No es una pistola. Es la infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).
El fenómeno surgió en Estados Unidos en la década de los 90, justo cuando apareció el coctel de fármacos antirretrovirales capaz de mantener la enfermedad a raya. Ahora, estas fiestas empiezan a ganar adeptos en otros países.
“Por favor, señor, conviérteme”, “quiero ese regalo”, “¿alguien me pasa el bicho este fin de semana?”. Son algunos de los comentarios que dejan en los foros de “bareback” -término anglosajón y ecuestre que se utiliza para catalogar el sexo anal sin condón- los hombres que quieren infectarse, que sienten placer sabiendo que otro les puede pasar el VIH.
Se les conoce como “bug chasers” (cazadores del virus), mientras que el seropositivo que participa en estas fiestas es el “gift giver” (el que ofrece “el regalo”), pues así es como consideran la infección.
Doug es uno de estos cazadores, la prueba de que el movimiento es real. Con 19 años se mudó a San Francisco y empezó a sentirse muy solo.
“Estaba desesperado por encontrar amigos gays, algo que intenté de veras, pero me resultaba muy difícil”.
Entonces pensó que si se infectaba con el VIH dejaría de estar aislado.
“Entraría a formar parte de una comunidad, de un grupo”, revela.
Por eso se hizo “bug chaser”, como reconoce a cara descubierta ante la cámara de Louise Hogarth, directora del documental “The Gift”, que aborda el tema.
Su aislamiento fue el motivo principal, pero el hecho de no preocuparse por los preservativos ni por el estado serológico de los compañeros de cama “abría mucho el abanico de posibilidades sexuales y lo hacía todo más excitante”.
“Me educaron en la cultura del sexo seguro y la abstinencia. Pero luego las circunstancias cambiaron muy rápido, igual que mis conceptos. Me metí en una misión suicida que me gustaba”, admite Doug.
Su actividad sexual era tal, que pronto consiguió su obejtivo. Se infectó con el VIH. Pero descubrió que “el regalo” que esperaba estaba envenenado.
Su sistema inmunológico se debilitó mucho, adelgazó y sufrió una grave neumonía.
“Pagaré las consecuencias y me arrepentiré toda mi vida”, confiesa Doug.
Los motivos
Los encuentros entre “bug chasers” y “gift givers” se concretan a través de chats en los que todos escriben bajo seudónimos y se organizan en clubes o casas particulares, siempre de forma clandestina.
Acuden entre 10 y 30 hombres, pero ninguno habla de ello. El movimiento es tan oculto y tan secreto que algunos expertos hasta dudan de su existencia.
Para Louise, que logró la confesión de Doug, “el problema es que estos hombres no perciben el sida como una enfermedad mala. Reflejan que los esfuerzos de prevención han fallado”, afirma.
Las autoridades sanitarias conocen desde hace tiempo la existencia de esta peligrosa práctica.
Los propios Centros de Prevención y Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) han realizado investigaciones sobre el asunto, tratando de averiguar por qué alguien quiere tener un virus que mata a 2 millones de personas cada año y cuya incidencia se ha duplicado en los hombres que mantienen relaciones homosexuales, especialmente en los más jóvenes.
Gordon Mansergh, de la división de VIH de los CDC y autor de uno de estos estudios, concluye tras encuestar a 554 hombres gays y bisexuales en San Francisco que “la principal razón para tener sexo sin protección y sin preocupación, es que experimentan mucho más placer y se sienten emocionalmente conectados con la pareja, sin barreras de ningún tipo”, explica.
Pero no es sólo eso. Algunos participantes en las fiestas de la ruleta rusa lo hacen por dejar de sentirse aislados y diferentes e, incluso, porque han vivido tanto tiempo con miedo a infectarse que si, finalmente contraen el virus, se sienten aliviados.
Una investigación reveló que las personas que realizan estas prácticas pertenecen sobre todo a dos grupos: Aquellos mayores de 40 años que llevan mucho tiempo cuidándose, protegiéndose en sus relaciones, que han sobrevivido a lo peor de la epidemia y que ahora están cansados y deciden arriesgarse y vivir plenamente su sexualidad sin importarles las consecuencias.
Y el otro grupo es el de los muy jóvenes, que no vivieron la época en la que el sida hacía estragos y mataba a los amigos y ven la infección sin dramatismo, para ellos la enfermedad es como una diabetes.
Pero mientras los expertos debaten qué mueve a los cazadores de virus, mientras las autoridades recopilan datos y piensan en cómo frenar esta práctica, los “bug chasers” que se esconden en el anonimato que permite Internet seguirán chateando para organizar su próxima ruleta rusa.
Fuente :: enelshow.com
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